domingo, 4 de marzo de 2012

Ya no te acuerdas de nada


“No maltrate las señales”. Vi muchos anuncios que decían lo mismo a lo largo de la carretera y sin embargo hacemos lo contrario. ¿No? Maltratamos hasta acabar con las espinas. Hacía tanta niebla en la madrugada que pensé “ya nos quedamos aquí” e imaginé escenas trágicas…

–¿Trágicas? ¿Cómo?

–Un encontronazo con otro camión, un puerco obeso cruzando, el culpable regordete que me llevaría a la tumba.

Hice una lista mental de los amigos que irían al funeral, lo que pasaría con mi cuarto; me angustié de pensar que mis objetos personales quedarían sin uso o caerían en manos de gente incorrecta y los dejaría morir. Pero ya basta.

Me gusta tu nombre. Me encanta estar aquí, en este cuarto, modesto, con tu esencia rodeándome; tus libros amontonados a medio leer, no te decides cuál terminar primero, te gusta oler las frutas de la selva en Brasil, corretear leones con nativos de África o encerrarte en los pensamientos de algún desdichado escritor no tan conocido...

No te entiendo, yo soy más sencilla. Puedo estar toda la noche recostada aquí entre tus piernas, observarte leer, con ese disco de Miles Davis, hermosas melodías recomendación de aquel chico que conocí en ese esporádico concierto en el que no estuviste... puedo estar aquí, sin añorar ser la ama de casa ejemplar, sin exigirte una cama king size para descansar mejor; estoy feliz de tejer una historia con amor, pasión, deseo, culpa, lágrimas, sangre, pelos, olores, abrazos, enojos y risas cada noche y cada fría o calurosa mañana...

–Hoy estás muy inspirada. ¿Qué te pasa?

–Nada –miento–. Qué flojera levantarme mañana de esta tibia cama, flojera de trabajar, flojera de pensar que si no lo hago no tendré dinero para los gastos, flojera porque tengo ganas de ir al baño y no quiero hacer el esfuerzo, flojera de pensar que las cosas que valen la pena cuestan tanto, hueva de pensar en tantas cosas...

Me encontré con Emmanuel en este último viaje. Recorrimos las calles, nos pusimos al corriente, él sigue igual: sus encuentros fugaces, de cama en cama, sin preocuparse por las consecuencias. Entramos a una sex shop.

–¡Querido! ¿Qué crees? ¡Comparamos nuestras experiencias!

–¿Ah, sí? ¿Y qué tal? ¿Cómo quedé?

–¡Te comparé con la Torre Eiffel!

–Muchas gracias... lo tomaré como un cumplido.

Querido, ¿aún recuerdas a tu ex-novia, aquella que conociste en el camión en Ciudad Victoria? Enigmática, vestida toda de negro. Me contaste que intercambiaron miradas, salieron y poco a poco todo se desmoronó. Casi no me has contado nada pero su partida te dejó vacío, te confieso que desde que no la tienes ya no eres el mismo. No sólo murió ella, también tú; eres un muerto en vida. Cuando te conocí tenías esa mirada inquietante, hablabas más, contabas tus sueños ¿Te acuerdas de la revista con instrucciones sobre cómo leerla al final? ¿Recuerdas esa librería en esa plaza a la que fuimos?

Ya no te acuerdas de nada. Sin embargo, recuerdo cuando me invitaste a la obra de Tlatelolco 68 dentro de ese edificio en medio del complejo universitario abandonado; entré con desconfianza, papeles pegados con citas incoherentes. Subí las escaleras, a un lado de los pasillos los actores con el dedo índice sobre sus labios me indicaron que no hablara. Continué al último piso y ahí estabas: una resplandeciente imagen, concentrado en tu guitarra, concentrado en la obra, tu pelo café... ¿Dónde estás ahora?



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